(...) " El tiempo, que todo lo vuelve ceniza, parece detenerse entre los árboles,y,como el viento, los abraza y se va. Ellos crecen ante nuestros ojos, pero nosotros no nos damos cuenta. Alargan sus ramas al cielo y no envejecen. Acaso, un día, alguien dice : " Ese árbol ha muerto". Y entonces nos damos cuenta, de un modo brusco, total, de que el árbol ha dejado de vivir, de que sólo es un altivo cadáver en pie. Se deja arrollar cuerdas, cercenar. Cae sin dolor, levanta un polvo leve, caliente, y desaparce con su gran dignidad inmaculada . (...) Si la muerte o el pesar nos llegasen como llega al árbol nunca envejeceríamos".
Ana Maria Matute, "El río" ( 1963 )